La música convirtió la frontera en un lugar de encuentro entre Colombia y Perú
BOGOTÁ, JULIO DE 2026. Después de una residencia artística binacional desarrollada en Leticia y dos conciertos territoriales realizados en Colombia y Perú, 100 niñas, niños, adolescentes y jóvenes demostraron que la música puede trascender los límites geográficos para fortalecer la confianza, el intercambio cultural y la construcción de una Amazonía más integrada.

Leticia, Amazonas. Durante varios días, la frontera dejó de ser una línea que divide países para convertirse en un espacio donde confluyeron historias, acentos, memorias y sueños compartidos. A través de la residencia artística y los conciertos territoriales del proyecto Sonidos de la Frontera, niñas, niños y jóvenes de Colombia y Perú vivieron una experiencia que trascendió el escenario y reafirmó el poder de la música como herramienta de integración, cooperación y desarrollo humano.
Entre el 30 de junio y el 2 de julio, Leticia fue el escenario de una residencia artística que reunió a 100 participantes: 50 provenientes de Caballococha (Perú), 25 de Leticia y 25 de Puerto Nariño (Colombia). Durante esos días, los ensayos musicales convivieron con espacios de integración, intercambio cultural y acompañamiento psicosocial, diseñados para fortalecer los vínculos entre jóvenes que, aunque pertenecen a países distintos, comparten un mismo territorio amazónico y desafíos comunes.
Además de preparar el repertorio de las obras a interpretar, la residencia permitió que los participantes compartieran tradiciones, formas de entender su territorio y experiencias de vida, mientras descubrían en la música un lenguaje capaz de construir confianza y reconocimiento mutuo.





“Durante esta residencia artística, niñas, niños, adolescentes y jóvenes de Colombia y Perú construyeron mucho más que un repertorio. Compartieron historias, acentos, saberes, memorias y formas de ver el mundo. Descubrieron que, aunque viven a uno y otro lado de la frontera, comparten una misma casa común y el deseo de aprender, de crear, de ser escuchados y de construir un futuro distinto”, afirmó Beatriz Mejía, presidenta ejecutiva de la Fundación Nacional Batuta.
La residencia artística alcanzó su punto más visible con la realización de dos conciertos territoriales, en los que las y los participantes transformaron días de aprendizaje, convivencia e intercambio cultural en una experiencia artística compartida.
El primero se realizó el 3 de julio en el Auditorio de la Agencia Cultural del Banco de la República de Leticia, con una masiva asistencia de familias, comunidad, maestras y maestros, medios de comunicación y autoridades de ambos países, entre ellas representantes de las Cancillerías de Colombia y Perú y del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) Perú. La programación continuó el 5 de julio en el Instituto de Educación Superior Tecnológico Público Ramón Mariscal Castilla, en Caballococha (Perú), consolidando un recorrido binacional que llevó el resultado artístico del proceso a ambos lados de la frontera.






Bajo la dirección artística del maestro Ramón González, el repertorio ofreció un recorrido por las tradiciones musicales de la Amazonía, integrando sonidos, ritmos y expresiones que reflejan la riqueza cultural compartida entre Colombia y Perú. Varias de las obras interpretadas hacen parte del Cancionero de Sonidos de la Frontera, resultado de la primera fase del proyecto, que reúne composiciones inspiradas en la diversidad cultural y natural de la Amazonía. Su presencia en el repertorio evidenció la continuidad del proceso creativo y el legado construido por esta iniciativa binacional. Cada interpretación fue el resultado de un trabajo colectivo desarrollado durante la residencia, donde el aprendizaje musical estuvo acompañado por el fortalecimiento de habilidades para la convivencia, la escucha y el trabajo en equipo.
Uno de los componentes más significativos del proceso fue precisamente el acompañamiento psicosocial. A través de metodologías construidas desde referentes culturales amazónicos —como Lo que nos trajo el Whaxi y Tejiendo vínculos como el Wone—, los participantes desarrollaron actividades que promovieron la confianza, el reconocimiento del otro y el sentido de pertenencia a un territorio compartido. Estos espacios complementaron el trabajo musical y consolidaron una experiencia integral de formación, donde el bienestar emocional, la convivencia y la construcción de comunidad fueron tan importantes como la interpretación artística.
Luego de los conciertos, Gabriela Perona, directora ejecutiva de Sinfonía por el Perú, destacó que el verdadero valor del proyecto trasciende la música.
“Hoy nos reunió la música, pero también algo más profundo: la certeza de que cuando una comunidad se encuentra alrededor de sus niños y niñas, de sus talentos y de sus sueños, está sembrando futuro. La frontera no debe imaginarse como una barrera; puede convertirse en un puente de encuentro, cooperación y cultura compartida”.



Ese es precisamente el propósito de Sonidos de la Frontera, una iniciativa ejecutada por la Fundación Nacional Batuta y Sinfonía por el Perú; desarrollada gracias al apoyo de los Ministerios de Relaciones Exteriores de Colombia y Perú; al financiamiento del Fondo Binacional para la Integración Fronteriza Perú–Colombia y administrado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), que promueve procesos de formación musical e intercambio cultural entre niñas, niños, adolescentes y jóvenes de ambos países. Más que impulsar el desarrollo artístico, el proyecto fortalece el diálogo intercultural, fomenta la cooperación entre comunidades fronterizas y genera oportunidades para que las nuevas generaciones construyan relaciones basadas en el respeto, la confianza y el reconocimiento de la diversidad amazónica.
Lo vivido en Leticia y Caballococha representa un nuevo paso en la consolidación de una iniciativa que entiende la música como una herramienta para acercar territorios y fortalecer la integración regional. Los vínculos construidos durante esta residencia continuarán creciendo en los próximos meses, cuando los participantes vuelvan a encontrarse en Bogotá para dar continuidad a este proceso binacional, llevando consigo no solo un repertorio compartido, sino la certeza de que la cooperación entre comunidades también puede escribirse en el lenguaje universal de la música.


